
Rubén Andino
Durante los últimos 20 años la política chilena ha venido perdiendo peso, credibilidad, calidad y ello se expresa dramáticamente en que menos de la mitad de los chilenos y chilenas en edad de votar participan en las elecciones. En plena crisis Argentina, los piqueteros acuñaron en las calles de Buenos Aires la consigna “que se vayan todos”, refiriéndose a todos los políticos, desde la izquierda a la derecha.
Eso es lo que está comenzando a suceder en Chile.
El pacto no escrito suscrito en 1989 entre la derecha y la Concertación para instaurar una democracia incompleta, en virtud de la que se repartieron por mitades el Congreso Nacional para garantizar una transición pactada, hace agua. La Concertación inició sus gobiernos con la legitimidad de haber encabezado la restauración de la democracia y sus administraciones han tenido el apoyo mayoritario de la ciudadanía. Sin embargo, esta sucesión de gobiernos, que ha realizado importantes transformaciones en el plano de los beneficios sociales y las obras de infraestructura; ha mantenido incólumes los pilares del sistema económico y político heredado de la dictadura.
La derecha aprovechó el pacto para lavar su imagen, distanciándose del régimen militar y sus atrocidades contra los derechos humanos, el descarado robo de las empresas del Estado por parte de los Chicago Boys y el fortalecimiento de una oligarquía financiera que maneja los hilos del poder Económico. Sebastián Piñera simboliza esa nueva cara derechista y es además expresión viviente de los grandes beneficios obtenidos por algunos vivos sobre la base de la más brutal desigualdad económica que ha conocido el país.
El pacto tuvo expresión en el sistema de medios de comunicación con sucesos como la desaparición de los dos diarios que sostuvieron la lucha contra la dictadura (Fortín Mapocho y La Época) y el cuoteo en la administración Concertación – derecha para Televisión Nacional de Chile. En esta transición pactada que sobrevive todavía, a pesar estár llena de grietas y de hacer agua por todas sus instituciones.
En 2004, Bachelet irrumpió este proceso de descomposición, con su trato directo y simpatía personal, dando un giro radical al paternalismo laguista. El implante de políticas de protección social sobre el inhumano modelo neoliberal vino a dar una suavidad maternal a este modelo infame. La gente le cree a la Presidenta y hasta sus más enconados oponentes lo piensan mucho antes de meterse con ella.
Pero, más allá de la buena imagen de Bachelet, el cansancio de los electores con los estilos de la política tradicional persiste. Ésta se ha vuelto monótona, previsible, conformista, adocenada, reverente, clasista, mentirosa, banal y esta realidad es consecuencia de un sistema político que no responde a las necesidades y valores de una sociedad chilena que ha vivido cambios trascendentales en los últimos 20 años.
Con desesperación los ciudadanos y ciudadanas buscan alternativas nuevas para depositar su confianza y se aferran de manera casi religiosa a la búsqueda de algo o alguien en quien creer. Hoy existe el espacio para montar cualquier espectáculo pirotécnico y los hados son propicios para estrellas fugaces que alcancen gran brillo, para extinguirse luego; pero también hay lugar para instalar opciones serias, creíbles y permanentes, que den respuesta a los anhelos de un pueblo desencantados.
Con un discurso desprovisto de las clásicas referencia a la izquierda y la derecha, Marco Enríquez – Ominami está representando a una heterogénea masa de personas disgustadas con el actual orden de cosas; sin que su disgusto llegue a convertirse en un rechazo al claro al modelo imperante. Marco es tolerado en la medida en que no significa una amenaza real para el sistema.
En Chile las clases dominantes han optado por la dictadura de los medios de comunicación, la propaganda política y la guerra psicológica para someter a la población a un estado de resignación, obligado a los ciudadanos a pronunciarse a la larga por el “mal menor”. La televisión se ha cuadrado con el binominalismo excluyente. Un monitoreo de la consultora privada Conecta Media Research, realizado en mayo de 2009 a los noticieros televisivos centrales y de mediodía,reveló que Sebastián Piñera fue el que más cobertura tuvo (30%), seguido por Eduardo Frei (28%) y Marco Enríquez-Ominami (22%). Muy lejos quedaron Adolfo Zaldívar (9%), Alejandro Navarro (6%) y Jorge Arrate (5%). El reparto del tiempo se hizo según al grado de funcionalidad de cada candidato al statu quo.
La izquierda dividida en un archipiélago de pequeñas agrupaciones, ha sido capaz de ofrecer una alternativa atractiva, creíble y eficiente de cambio del modelo. Su discurso y acción ha sido de resistencia, de preservación de los valores tradicionales, de lucha recuperar los derechos de los trabajadores, especialmente aquellos organizados en el mundo sindical; pero ha tenido grandes debilidades para representar propuestas políticas novedosas, que aborden los nuevos temas, como los derivados del deterioro del medioambiente, los cambios de la vida cotidiana en la sociedad chilena contemporánea, los derechos de los trabajadores y trabajadoras generados por la modernización del sistema productivo.
Estas propuestas no interpretan las visiones, aspiraciones e intereses de los nuevos trabajadores y trabajadoras con horarios flexibles, a trato, por temporadas o independientes, ni logran el respaldo de una heterogénea clase media, que fluctúa entre la bonanza económica de los periodos de auge y la pobreza en los momentos de crisis. Tampoco están en el imaginario de la izquierda los microempresarios, que no son más que trabajadores independientes esquilmados por la maquinaria capitalista; los pequeños empresarios que viven endeudados y carentes de crédito; los jubilados y montepiadas que sobreviven con pensiones miserables o los jóvenes que vegetan sin claros horizontes laborales o de vida.
Es posible imaginar algo distinto si somos capaces de mirar con mayor apertura un proyecto unitario, audaz y realizable; con uno o más liderazgos que encarnen ese compromiso con capacidad política y, especialmente, generosidad y entrega; para deponer visiones personales en favor del interés colectivo. Si la izquierda lograra unificarse al menos representaría en Chile un 25 por ciento del voto popular y esa adhesión crecería por el solo efecto de la unidad. Abramos el diálogo y empecemos a conversar.





