El caso de María Música Sepúlveda, la niña que lanzó el jarrazo en la cara de la Ministra de Educación, constituye el mejor ejemplo del estado catastrófico en el que está nuestra educación, sea ésta pública o privada, y en un espacio más amplio nuestro sistema de convivencia social y relaciones humanas.
El modelo hace agua por todos lados. Chile ha cambiado, pero la estructura educacional sigue anclada rígidamente al pasado y son las nuevas generaciones las que viven y sufren esta contradicción con mayor dramatismo.
Según indicadores somos el país latinoamericano que más rápidamente está absorbiendo la nueva sociedad del conocimiento y la información, que tiene como su estandarte a Internet. Llevamos la delantera en las redes virtuales, como los blogs, fotolog o facebook, pero nuestra educación todavía no se entera de su existencia.
Hoy es fácil que un profesor sea interpelado en el aula por un alumno sobre los conocimientos que imparte si no está preocupado de actualizarlos, porque en la Red hay disponible información de punta sobre todos los temas imaginables. Si fuera yo fuera educador, lo pensaría dos veces antes de trabar una contienda de conocimiento con un alumno en el aula sin exponerme a perder credibilidad ante todos los estudiantes.
El otro gran tema es el autoritarismo inherente al modelo. Soy hijo de la vieja educación primaria normalista. De aquel profesor respetado, infalible, múltiple en materia de conocimientos, comprometido como un verdadero apóstol con el deber de educar, capaz de impartir con la misma eficacia matemáticas, castellano, enseñar tocar un instrumento o practicar un deporte. Ese profesor ya no existe y esa forma de educar hoy sería impracticable.
Luego de sucesivas reformas se ha construido el actual modelo que sólo conserva del antiguo su peor atributo: el autoritarismo; aunque afortunadamente ha erradicado los castigos corporales. ¡En buena hora!
Sin embargo, la crueldad psicológica se mantiene todavía, como parte de un modelo de represión más sofisticado, cuyo fundamento es el vigilar y castigar evidenciado hace mucho por el sociólogo francés Michel Foucault.
El sistema educativo imperante tiene plena coherencia con el modelo excluyente de sociedad y democracia protegida, autoritaria y presidencialista (paternalista) hoy establecido en Chile; pero no calza con los cambios sociales que vienen de la mano de una sociedad abierta, intercomunicada, expuesta y hasta sobreexpuesta.
Aunque a muchos les parezca extraño, porque sus estrechos marcos de mirada les impiden ver la realidad más allá de sus fronteras mentales, el jarrazo de agua de hay que interpretarlo como un grito desesperado de una joven que siente que sus opiniones no cuentan. La primera explicación dada por María Música para justificar su conducta fue que la ministra Jiménez no la había escuchado. “Era como hablarle a la pared”, dijo.
El modelo educativo chileno necesita una reingeniería completa. Un cambio radical, que pasa en primer lugar por los agentes humanos que lo sostienen. El primer paso es reeducar a los educadores, y transformar la visión que tiene de su rol los profesores. Deben dejar de ser meros transmisores de conocimientos, para convertirse en guías y conductores en una sociedad en la que los límites entre las personas se vuelven más difusos y las culturas colectivas dejan paso al individuo como centro y eje de la sociedad.
La transformación del individuo en sujeto debiera ser la misión central de la educación ante las transformaciones que están operando sobre nuestras sociedades a escala planetaria. Pero no basta con mejorar la educación, debemos combatir la cultura represiva, autoritaria y excluyente que impregna a quienes ejercen poder en la sociedad chilena. Desde nuestros gobernantes, magistrados, rectores, profesores, congresales, jefes de sección, capataces, vendedores de comercio, fincionarios públicos, inmersos en una cadena del maltrato, que se reproduce una y otra vez en una interminable espiral.
La solución que encontró el sistema para castigar la conducta de María Música -sin duda reprochable una elemental regla de convivencia- ha sido la expulsión del Liceo Darío Salas. El sistema se defiende con una solución a todas luces autocrática y en plena coincidencia con los valores que sustentan el modelo actual. Hay que segregar la mala semilla… pero la rabia se sigue acumulando entre los jóvenes.
Nos quejamos de la apatía que las nuevas generaciones muestran ante la política y de la violencia que asecha a miles de ciudadanos pacíficos e integrados que se sorprenden con la irrupción de asaltantes cada vez más jóvenes en sus hogares de barrios pudientes. Apenas el 7 % de los votantes son jóvenes y el padrón de electores se vuelve más viejo; en contraste, las cárceles están llenas de muchachos cada vez menores. Estudios demuestran que existe una relación muy directa entre deserción escolar y criminalidad en Chile.
El debate de estos temas es particularmente pertinente cuando el Senado discute el proyecto de Ley de General de Enseñanza (LEGE), destinado a reemplazar la Ley Orgánica Constitucional de Enseñanza (LOCE), dictada en las postrimerías del Régimen militar. El Congreso Nacional debe escuchar las diversas voces que se levantan contra una reforma que solo busca maquillar un modelo educativo que se cae a pedazos, tal como denuncian los propios alumnos desde el movimiento de los pingüinos de 2006.
